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lunes, 30 de diciembre de 2013

¿Por qué nos da fiebre?


Los mamíferos, al igual que las aves, somos animales homeotermos (de sangre caliente) con capacidad de termo-regulación, es decir, podemos mantener constante la temperatura interior de nuestros cuerpos, entre 34 y 38 grados celsius según la especie, independientemente de las variaciones de temperatura que se produzcan en el ambiente en el que nos encontremos. 
La producción de calor (termogénesis), supuso en la prehistoria una ventaja crucial de nuestra especie sobre los reptiles y demás poiquilotermos (animales de sangre fría), para adaptarse a climas difíciles y a periodos de frío intenso sobre el planeta.
Nuestra temperatura corporal (entre 36 y 37 grados centígrados), óptima para el metabolismo animal y adecuada para protegernos de infecciones causadas por hongos, fue trascendental en el éxito adaptativo de nuestra especie.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Las células gliales y la genialidad de Einstein.


En 1955, tras su muerte, se llevó a cabo la autopsia del cuerpo de Albert Einstein. Su hijo dio permiso al doctor Harvey, presitigioso anatomopatólogo que la realizó, para que preservara el cerebro de su padre antes de incinerar el cuerpo. 
El órgano del genio fue entonces 'loncheado' en 240 bloques que, a su vez, se laminaron en 2.000 secciones finísimas para ser conservadas y estudiadas. 
El doctor Harvey lo estudió profundamente durante años, y también envió muchas muestras del mismo a investigadores de todo el mundo, para que intentaran descubrir las posibles causas biológicas de la genialidad de la mente privilegiada de Einstein. 

Marian Diamond, de la Universidad de California, fue la primera en darse cuenta de que, la causa del elevado cociente intelectual de la mente del prestigioso científico se debía al alto índice glial de varias de las áreas de asociación cerebrales responsables de las funciones intelectuales superiores. Diamond confirmó así, que la capacidad intelectual es directamente proporcional al índice de células gliales del cerebro.

Un cerebro humano dispone de unos cien mil millones de neuronas, y por cada una de esas neuronas hay una media de diez glías. Es decir, un cerebro humano, con un cociente intelectual dentro de la media, alberga un billón de células gliales. El aumento de esa proporción típica de diez a uno entre células glía y neuronas, es directamente proporcional al aumento del índice de la capacidad intelectual humana.




Las glías son células imprescindibles para la formación, desarrollo, regulación, nutrición, mantenimiento, movilidad y funcionamiento de las neuronas. Se comunican con ellas continuamente, e incluso coordinan su actividad en muchas partes del cerebro. 

Cuidan también del espacio inter-neuronal, eliminan desechos, regulan la distribución y concentración de sodio, potasio y calcio, y de la mayoría de neurotransmisores. E incluso eliminan las células muertas fagocitándolas.

En otras palabras, en el mismo instante en que nace una neurona, varias glías se ponen a su servicio como asistentas personales durante toda su vida. 

Ejercen de niñeras de su neurona, velan por su crecimiento, regulan su alimentación, se ocupan de su aseo y de su bienestar. Establecen sus periodos de activación y reposo. Estimulan y arbitran las relaciones con las demás neuronas. 

Son además metódicas y persistentes educadoras que, enseñan a las neuronas a controlar sus estados potenciales y a ejercer su trabajo de activación y disparo para recibir y trasmitir información en la extensa red de la que forman parte. 

También son enfermeras que velan por la salud de sus protegidas, reparan sus estructuras dañadas, fomentan la reposición de organelas, eliminan y resuelven mal-funciones celulares, y reponen proteínas y sustancias necesarias allá donde se necesitan. 

Se comportan, en fin, como “madres consejeras”, fomentando o inhibiendo la actividad celular según convenga, regulando la afluencia y concentración de neurotransmisores. 

E incluso actúan, en última instancia, como diligentes y entregados empleados de funeraria, eliminando desechos y células muertas a las que fagocitan.


Existen varios tipos de células glía especializadas en funciones concretas de asistencia a las neuronas: los astrocitos, las glias de mielinización y las células no neuronales.




Los astrocitos son los más frecuentes, están distribuidos por todo el espacio inter-neuronal entre los vasos sanguíneos, con los que establecen un estrecho contacto y comunicación. Proveen de nutrientes a las neuronas absorbiendo glucosa, de esos vasos sanguíneos con los que interactúan, y transformándola en ácido láctico, que luego envían a la neurona para que lo aproveche obteniendo energía de él. 

Regulan también el crecimiento de las neuritas (dendritas y axón), estableciendo si han de crecer o no, y en qué medida deben hacerlo, o hacia dónde deben expandirse, y con qué otras neuronas deben formar sinapsis. 

Por otra parte regulan el contenido químico del espacio extracelular cubriendo las uniones sinápticas para evitar la dispersión de neurotransmisores, eliminando además algunos de ellos, y bloqueándolos cuando es necesario. 

Controlan continuamente las concentraciones de potasio extracelular mediante bombas y canales existentes en su membrana. Y regulan los niveles de calcio interactuando con el glutamato, e influyendo en todas las neuronas de las proximidades.

Las glías de mielinización (oligodendrocitos en el SNC y células de Schwann en el SNP), a diferencia de los astrocitos, se responsabilizan de la síntesis de la mielina, con la que forman una vaina que recubre y aísla la superficie exterior de los axones, entre nódulos de Ranvier, aislamiento que posibilita la rápida transmisión de los impulsos eléctricos que constituyen el potencial de acción (la información operativa de las neuronas) sin que haya pérdidas de señal y sin que se vean afectadas por interferencias externas.

Por último existen las células no neuronales, que pueden ser de dos tipos: 

Las células ependimales, que recubren la superficie del sistema ventricular que contiene los plexos coroideos; donde se produce el líquido cefalorraquídeo. Estas células guían la migración celular durante el periodo de desarrollo cerebral.

Y el otro tipo son las microglías, células que participan en la defensa inmunitaria cerebral fagocitando desechos y células muertas.


Las glías son esas grandes desconocidas, ellas posibilitan la existencia y la actividad de las neuronas, hacen el trabajo más complicado entre bambalinas, trabajando sin descanso en los entresijos del cerebro, eclipsadas sin embargo por las neuronas; las grandes protagonistas del show cerebral. 

Pero sin las glías, las neuronas y por ende la inteligencia humana, no existirían.


Dibujo de Ramón y Cajal, de las células del cerebelo de un pollo. Madrid, 1905.

viernes, 30 de agosto de 2013

Cerebro y lenguaje, cuestiones de conciencia.



Muchos filósofos y psicólogos parecen aceptar la idea de que la conciencia humana está muy ligada al lenguaje humano. Por consiguiente, es sólo en virtud de nuestras capacidades lingüísticas por lo que podemos alcanzar una sutileza de pensamiento, que es la impronta misma de nuestra humanidad, y la expresión de nuestras propias almas. Es el lenguaje, según este punto de vista, el que nos distingue de los otros animales, y nos proporciona así una excusa para privarles de su libertad y sacrificarlos cuando sentimos que surge dicha necesidad. 
Es el lenguaje el que nos permite filosofar y describir cómo sentimos, de modo que podamos convencer a los demás de que nosotros tenemos conciencia del mundo exterior y también tenemos conciencia de nosotros mismos. Desde este punto de vista, nuestro lenguaje se considera como el ingrediente clave de nuestra posesión de conciencia.

Ahora bien, debemos recordar que nuestros centros del lenguaje están (en la inmensa mayoría de las personas) solamente en los lados izquierdos de nuestros cerebros (áreas de Broca y de Wernicke). El punto de vista recién expresado parecería implicar que la conciencia es algo que está asociado solamente con la corteza cerebral izquierda y no con la derecha.

Hay un importante conjunto de observaciones concernientes a humanos (y animales) a los que se ha seccionado completamente el cuerpo calloso, de modo que los hemisferios izquierdo y derecho de sus cortezas cerebrales no tienen comunicación entre sí. 

En el caso de los humanos, el seccionamiento del cuerpo calloso fue realizado como operación terapéutica al descubrirse que éste era un tratamiento efectivo para una forma de epilepsia particularmente grave que sufrían algunos sujetos. 

Numerosos tests psicológicos les fueron suministrados por Roger Sperry y sus colaboradores algún tiempo después de que hubieran sufrido estas operaciones. Los sujetos estaban colocados de tal forma que se les presentaban estímulos completamente separados para los campos izquierdo y derecho de visión, de modo que el hemisferio izquierdo sólo recibía información visual de lo que se mostraba en el lado derecho, y el hemisferio derecho, sólo de lo del lado izquierdo. Si se le mostraba brevemente una foto de un lápiz en el lado derecho y una foto de una copa en el izquierdo, el sujeto diría: "Eso es un lápiz", ya que era el lápiz, y no la copa, lo percibido por el único lado del cerebro aparentemente capaz de hablar. Sin embargo, el lado izquierdo sería capaz de seleccionar un plato, antes que un trozo de papel, como el objeto apropiado para asociar con la copa. El lado izquierdo estaría bajo el control del hemisferio derecho y, aunque incapaz de hablar, este hemisferio derecho ejecutaría ciertas acciones bastante complejas y decididamente humanas. 

De hecho, se ha sugerido que el pensamiento geométrico (especialmente en tres dimensiones), y también la música, pueden ser llevados a cabo normalmente en el hemisferio derecho principalmente, para compensar las capacidades verbales y analíticas del izquierdo. 

El cerebro derecho puede comprender los nombres comunes o las frases elementales, y puede llevar a cabo operaciones aritméticas muy sencillas. 

Lo más sorprendente de estos sujetos con cerebro escindido es que los dos lados parecen comportarse como individuos prácticamente independientes, cada uno de los cuales puede comunicarse por separado con el experimentador —aunque la comunicación es más difícil—, y en un nivel más primitivo, con el hemisferio derecho que con el izquierdo, debido a la falta de capacidad verbal del derecho. 

Una mitad del cerebro del sujeto puede comunicar con la otra de manera simple, por ejemplo observando el movimiento del brazo controlado por el otro lado, o quizá oyendo sonidos reveladores (como el repiqueteo en un plato). Pero incluso esta comunicación primitiva entre los dos lados puede eliminarse en condiciones de laboratorio cuidadosamente controladas. Pese a todo todavía pueden pasar de un lado a otro vagos sentimientos emocionales, debido presumiblemente a que estructuras que no están seccionadas tales como el hipotálamo, siguen estando en comunicación con ambos lados.

Resulta tentador plantear la cuestión: ¿tenemos dos individuos conscientes separados que habitan en el mismo cuerpo? Esta cuestión ha sido objeto de mucha controversia. Algunos mantendrán que la respuesta debe ser ciertamente "sí", mientras otros afirmarán que ningún lado debe considerarse como un individuo por propio derecho. Algunos estarán de acuerdo en que el hecho de que puede haber sentimientos emocionales comunes a los dos lados pone en evidencia que todavía hay un solo individuo involucrado. Pero otro punto de vista es que sólo el hemisferio del lado izquierdo representa un individuo consciente, y el del lado derecho es un autómata. 

Parece que esta idea es la que aceptan quienes sostienen que el lenguaje es un ingrediente esencial de la conciencia. De hecho, sólo el hemisferio izquierdo puede responder convincentemente "Si" a la pregunta oral "¿Es usted consciente?" El hemisferio derecho, como un perro, un gato o un chimpancé, podría ser puesto en dificultades incluso para descifrar las palabras que constituyen la pregunta, y puede ser completamente incapaz de expresar verbalmente su respuesta.

Donald Wilson y sus colaboradores examinaron un sujeto con cerebro escindido, a quien denominaban "PS". Después de la operación de seccionamiento sólo el hemisferio izquierdo podía hablar pero ambos hemisferios podían comprender el habla; posteriormente, el hemisferio derecho ¡aprendió también a hablar!

Evidentemente ambos hemisferios eran conscientes. Además, parecían ser conscientes por separado, ya que tenían diferentes gustos y deseos. Por ejemplo, el hemisferio izquierdo describía que su deseo era ser un dibujante y el derecho, ¡un piloto de carreras!

Si aceptamos que PS tiene realmente dos mentes independientes, entonces se nos presenta una curiosa situación. Presumiblemente antes de la operación cada sujeto con cerebro escindido poseía una sola conciencia; pero después hay dos. De algún modo, la simple conciencia original se ha bifurcado, pero ¿qué ha sucedido realmente? ¿Cuál de las conciencias de PS "es" el PS de antes de la operación?

Sin duda muchos filósofos desdeñarían la pregunta como carente de significado. Pero no parece haber modo operacional de decidir la cuestión. Cada hemisferio compartirá recuerdos de una existencia consciente antes de la operación y, sin duda, ambos afirmarán ser esa persona.


Fuente: Roger Penrose. <La mente nueva del emperador>

jueves, 30 de mayo de 2013

Prosopagnosia



La prosopagnosia (del griego πρόσωπον: aspecto, y de ἀγνωσία: desconocimiento) es una forma específica de agnosia visual, caracterizada por una incapacidad de reconocer los rostros. El término fue acuñado en 1947 por el médico Joachim Bodamer, quien la definió en los siguientes términos: “Es la interrupción selectiva de la percepción de rostros, tanto del propio como del de los demás, los que pueden ser vistos pero no reconocidos como los que son propios de determinada persona” 

La definición sigue siendo vigente, pues sirve para caracterizar el trastorno sin diagnosticarlo o pronosticarlo, no obstante ahora sabemos que puede tener distintas características. 

No obstante, aunque la incapacidad de ver rostros es la característica de este trastorno, en algunos casos se pueden percibir los rostros de familiares o amigos cercanos, siempre y cuando tengan algo que les caracterice extremadamente. 
Por ejemplo, en "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", de Oliver Sacks, se habla de un hombre con prosopagnosia, que únicamente reconocía a tres personas de su trabajo: una de ellas por un llamativo lunar que tenía en la mejilla, otra por ser extremadamente alto y delgado, y la otra por que tenía un tic en un ojo que hacía que lo cerrara constantemente. Por ello, su mujer siempre iba con un gran sombrero llamativo, con el fin de que su marido la reconociera.

El reconocimiento de rostros es una herramienta fundamental para las interacciones sociales entre los seres humanos; sin la capacidad de leer otras caras y sus expresiones sería difícil distinguir a los amigos de los extraños a primera vista, y no podríamos distinguir una persona triste de una feliz.

Neurocientíficos del Instituto de Tecnología de California han descubierto una respuesta novedosa a los rostros humanos observando registros neuronales del cerebro de pacientes neuroquirúrgicos. El hallazgo, ofrece la primera descripción de una serie de neuronas que responden muy bien cuando el paciente ve una cara completa, pero cuya respuesta es menor ante una cara en la que ha sido borrada una región muy pequeña. Según el doctor Ueli Rutishauser de Caltech: 

"las neuronas responden bien a imágenes de caras completas, pero cuando se les muestra sólo una parte del rostro, responden cada vez menos según se les van mostrando más partes de esa cara".

Otro estudio realizado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts indica que ambos hemisferios cerebrales tienen que ver en el proceso de reconocimiento facial, pero cada uno cumple una función diferente. Mientras que el giro fusiforme izquierdo informa de lo parecida que es la imagen a una cara, es, sin embargo, el derecho quien ofrece el veredicto final. 
Para demostrar este efecto, los científicos emplearon imágenes por resonancia magnética del cerebro de los participantes en el experimento, a los que se les iban mostrando fotografías de caras, de objetos que lo parecían y de otros que no tenían nada que ver. Observaron que los patrones de actividad del hemisferio izquierdo cambiaban gradualmente según las imágenes se iban pareciendo más o menos a una cara. Por el contrario, en el lado derecho sólo se detectaban cambios si la imagen mostraba un rostro real. Cuando no era así, los patrones de actividad permanecían constantes, sin importar si el objeto se asemejaba más o menos a una cara. Además, la activación de la parte izquierda del giro fusiforme precedía en unos segundos a la de la derecha, por lo que parece que sería el hemisferio izquierdo el que haría el primer trabajo y pasaría la información al derecho.

En una imagen, las frecuencias bajas corresponden a una resolución baja, es decir los cambios suaves en intensidad de esa imagen. Por otro lado, frecuencias altas constituyen los detalles finos en esa imagen. Podemos comprobar que si nos alejamos de ella, percibimos cada vez menos sus detalles, es decir, sus componentes de alta frecuencias espaciales, mientras las frecuencias bajas de esa imagen siguen visibles y son las que desaparecen en último término.
Se sabe que al cerebro humano, para reconocer caras, no le interesan las frecuencias muy altas, a pesar de que estas frecuencias juegan un papel importante a la hora de, por ejemplo, determinar la edad. “Para reconocer una cara en una imagen”, sin embargo “el cerebro se queda siempre con la misma resolución baja, unos 30 x 30 pixeles de oreja a oreja, ignorando la distancia y la resolución original de la imagen. Hasta ahora nadie tenía explicación para este fenómeno peculiar.

El investigador Matthias S. Keil, del departamento de Psicología Básica de la UBK analizó un gran número de caras, en concreto 868 caras de mujeres, y 868 de hombres. Para el investigador, “la idea era encontrar regularidades estadísticas comunes entre las imágenes. Como herramienta de análisis utilizaba un modelo del sistema visual del cerebro, es decir he mirado, en cierto modo, las imágenes tal como el cerebro, pero con una diferencia: No he seleccionado ninguna resolución preferida, he considerado todas las frecuencias espaciales por iguales. Como resultado de este análisis he obtenido una resolución que es óptima en términos de codificación, y la relación señal a ruido, y era además la misma resolución observada en los experimentos psicofísicos”.

De este resultado, por lo tanto, se puede interpretar que las caras son en sí mismas responsables de nuestra preferencia de resolución. De aquí, Keil ha extraído una propiedad del cerebro: 
“El cerebro se ha adaptado de forma óptima para extraer la información más útil de las caras para reconocerlas. Mi modelo también predice esta resolución si consideramos solo los ojos -ignorando nariz y boca- pero también, aunque no tan fiable, al considerar de forma aislada boca o nariz”.

Por tanto, el cerebro extrae la información clave para el reconocimiento facial sobre todo a partir de los ojos y de forma secundaria de la boca y la nariz, según el estudio. Según Keil, si se tiene como ejemplo la fotografía del rostro de un amigo se podría pensar que cada detalle de su rostro es importante para reconocerlo. Sin embargo, numerosos experimentos han mostrado que el cerebro prefiere una resolución tosca, con independencia de la distancia a la que se ve una cara. Hasta ahora, la razón de esto no estaba clara. Este análisis de imágenes podría ayudar a explicar esto.

Los resultados obtenidos por Kiel indican que la información más útil se obtiene de las imágenes si su tamaño es de alrededor de 30 por 30 píxeles. 
“Además, las imágenes de los ojos proporcionan el resultado con menos 'ruido', lo que significa que transmiten información más fiable al cerebro en comparación con las imágenes de la boca y la nariz”
Esto sugiere que los mecanismos de reconocimiento facial en el cerebro están especializados en los ojos

Este trabajo complementa un estudio previo publicado por Keil en PLoS ONE, que ya anticipaba que los sistemas de reconocimiento facial artificial dan mejores resultados cuando procesan imágenes de caras pequeñas, lo que significa que las máquinas podrían comportarse en este sentido como los humanos.



jueves, 25 de abril de 2013

La memoria. I



La red neuronal, sobre todo las redes de la corteza cerebral, son la base de todo el conocimiento y de toda la memoria. Se forman a lo largo de la vida con la experiencia por el establecimiento de conexiones entre neuronas.

Entre neuronas que pueden estar agrupadas en grupos pequeños, sobre todo en las zonas primarias sensoriales y motoras que pueden llamarse módulos. Es decir, los módulos están en la base. Es el ver, es el tocar, es el oír, es el moverse, pero la conciencia del conocimiento, y la conciencia de la memoria, está en la red. Que es la agrupación.

El código de la memoria; el código del conocimiento, es un código de relaciones. Lo más cercano que hay a ello, desde el punto de vista psicológico, es la psicología de la Gestalt; la psicología de la forma.
Una cosa se ve, tiene sentido y significado por las relaciones entre sus partes. Pero el total, el significado de aquel objeto, lo definen las relaciones entre las partes, y no es reducible a las partes en sí. Es decir, que el todo es mucho más que la suma de las partes.


Una neurona en un grupo celular, puede ser parte de muchísimas redes, y la estructura de la neurona no nos indica qué pasa con el conocimiento, porque el código de la cognición es un código relacional a nivel de la red. Y es irreducible a las partes. Es decir, sería como pretender entender el significado de lo que dice una carta escrita estudiando la composición química de la tinta. No la entenderás nunca porque el lenguaje escrito o hablado es un lenguaje relacional, es un código relacional: relaciones entre letras, entre palabras, entre significados semánticos. Es decir, no se puede reducir a sus partes mínimas.

Mis memorias son distintas de las tuyas porque las relaciones se han formado de modo distinto con elementos aleatorios que son distintos para mí y para ti, pero compartimos ciertas redes en común, que son las redes de la cultura, el ambiente en que hemos vivido, las leyes del léxico, del lenguaje.

Eso queda, y está por encima de todo, porque es el resultado de la repetición de redes más pequeñas, que están en la base de esas redes. Están organizadas de modo jerárquico. A nivel más bajo está la memoria sensorial, motora, primaria. Esta sí que se puede reducir a módulos, pero cuando nos salimos de allá y subimos a las zonas asociativas de la corteza, la memoria se va haciendo más interconexa, más compleja, más amplia y más difusa. Esto también le da solidez, porque pueden perderse algunas de las vías de acceso a ella, pero otras quedan.

Cuando no recuerdas el nombre de una persona, empiezas a tantear en tu mente las distintas circunstancias en que la has visto para poder enganchar con aquella asociación y aquello te lleva a ello. Desgraciadamente, de todos modos, a veces, cuanto más buscas, menos recuerdas. Esto es el factor emotivo, la inhibición que te hace olvidar algo que no quisieras recordar.

El conocimiento perceptual, supuestamente, está en la parte posterior de la cabeza, y se distingue el Ejecutivo, del cognitivo, complejo, por el que guías realmente el quehacer de cada día.
En líneas generales es así. Hay relaciones muy íntimas entre los dos sectores, como es natural, porque los dos participan en el ciclo percepción-acción. Percibo y esto educa, informa, mi acción. Mi acción produce cambios en el medio ambiente. Y estos los percibo. Con lo cual se realimenta el sistema.

Cuando percibes una persona amiga que, además, es muy bella y muy inteligente, esto lo percibes supuestamente con tus redes neuronales de la corteza posterior, sobre todo de con esas redes. Y también con líneas de influjo de los centros emocionales del cerebro y de la estética. Estos colorean tu visión de aquella persona y, además, se relacionan con la memoria que tienes de aquella persona, o de otras parecidas, para informar cómo tienes que reaccionar en aquel momento a aquella persona. Entonces entran en función las redes anteriores de la corteza frontal, que informan y modulan tu conducta, tu lenguaje.

El cerebro es la interfase que hay entre nosotros y el medio ambiente. En el curso de la evolución, la corteza, sobre todo, se ha desarrollado muchísimo. Y en el ser humano ha adquirido propiedades muy peculiares que le permiten dos cosas fundamentales: una es el lenguaje, es un medio de ajuste al medio ambiente, y la otra es la predicción.

Es decir, que todas las funciones que llamamos ejecutivas, todas tienen un futuro, todas: la memoria de trabajo, el planeamiento, la toma de decisiones y la conciencia creadora.


Joaquim Fuster. (Psiquiatra).



Cerebro: Memoria, percepcion y atencion por raulespert


Cerebro adolescente: Memoria y creatividad por raulespert


Cerebro y emociones: Memoria emocional por raulespert

martes, 9 de abril de 2013

Sobre el surgimiento de la conciencia humana


Nikolaas Tinbergen hizo algunos experimentos con polluelos de gaviota argéntea. Estos, apenas salen de su cascarón, comienzan a picotear la mancha roja que su madre tiene en el pico amarillo; ella entonces regurgita comida semidigerida para alimentar a los pequeños. Obviamente, el polluelo reacciona así debido a que ciertos circuitos nerviosos en las zonas visuales de su cerebro están especializadas en reconocer picos de gaviota. En el transcurso de sus experimentos, Tinbergen presentó un pico artificial, con mancha roja, a los polluelos, quienes reaccionaron exactamente de la misma forma aún cuando detrás del pico, en lugar de madre, estaba la mano del científico. Pero Tinbergen llevó las cosas al límite: tomó un largo palo amarillo con tres rayas rojas y se lo mostró a los polluelos. Éstos reaccionaron con mucho mayor entusiasmo ante este curioso artefacto, que ni siquiera se parecía a un pico de gaviota: preferían la prótesis a un pico de verdad. Y aquí es donde entra la idea de Ramachandran: “Si las gaviotas argenteas tuvieran una galería de arte, colgarían en la pared un largo palo con tres rayas rojas; lo venerarían, pagarían millones de dólares por él, lo llamarían un Picasso, pero no entenderían por qué... por qué quedan hipnotizadas por esta cosa aún cuando no se parece a nada”.

Un etnólogo que estudiase las especulaciones de Ramachandran podría preguntarse ¿por qué este neurólogo cree que los coleccionistas de arte que compran arte contemporáneo actúan exactamente como los polluelos de gaviota? Porque está convencido de que existe una gramática perceptual que contiene elementos figurales primitivos universales, uno de los cuales es la atracción por representaciones en las que ciertos rasgos significativos se han hiperenfatizado, hasta deformarlos por completo (como el palo amarillo con tres rayas rojas). Es muy sintomática la extendida atracción entre muchos neurólogos por la idea de unos módulos mentales que funcionan como arquetipos y que les interesan más que las prótesis y artefactos en que eventualmente se apoyan. Esta atracción se justifica por la evidencia de que hay un buen número de operaciones simbólicas que tienen su base en circuitos neuronales. Ramachandran considera que hay varios indicios de que existen “metáforas sensoriales” inscritas en el sistema nervioso, como lo demuestran los fenómenos sinestésicos que vinculan áreas cerebrales usualmente separadas. Se refiere a las vinculaciones entre sonidos e imágenes, o entre movimientos de la boca y de la mano, que parecen estar profundamente arraigadas en el cerebro.

Falta considerar un aspecto esencial, la presencia de un elemento artificial simbólico externo, de una prótesis que aparece como un dibujo, una palabra, un instrumento o un simulacro (de pico). No cabe duda de que el uso de estas prótesis tiene como apoyo la presencia de procesos de sinestesia en el cerebro. Este proceso sinestésico interno opera mediante señales químicas y eléctricas que viajan entre regiones (las regiones motoras del habla, los centros visuales y el giro fusiforme. Pero parece muy difícil suponer que las relaciones de correspondencia entre regiones utilicen códigos simbólicos y metafóricos. Es necesario que los flujos internos de señales logren establecer correspondencias sinestésicas con las prótesis simbólicas externas, y no sólo entre diversas áreas del cerebro. Por su parte, Camilo Cela-Conde ha mostrado que una determinada área la corteza cerebral se activa cuando hay percepción de sensaciones estéticas.

Regresemos al experimento mental de las gaviotas interesadas en el arte. Para que hayan llegado a formar una sociedad dispuesta a montar exposiciones, han debido previamente fabricar ellas mismas las prótesis simbólicas que les permitan un sistema estable de graznidos para comunicarse, además de muchos otros artefactos e instituciones sociales. 

"¿Acaso un grupo mutante de gaviotas comprendió la importancia de la simulación fabricada por Tinbergen y, a partir de esa especie de soplo divino, logró desarrollar con el tiempo una civilización avanzada?" 

Pero los primeros pasos en la evolución de unas hipotéticas gaviotas sociales inteligentes debieron ser el desarrollo de un paquete mínimo de prótesis exocerebrales para lograr sobrevivir en un medio lleno de amenazas. Para ello las gaviotas cultas (lo mismo que los humanos primigenios) debieron tener algún sistema que les permitiese enlazar y establecer correspondencias entre las señales internas y los símbolos externos. La autoconciencia gaviótica o humana debió aparecer cuando se produjo este paso de las señales internas a los símbolos externos que son comprendidos por otros individuos.

Una hipótesis sobre el funcionamiento de la conciencia podría ser que un subgrupo de homínidos, relativamente aislado y geográficamente localizado en África, hace un cuarto de millón de años, sufrió rápidos cambios en la estructura, configuración y tamaño de su sistema nervioso central. 
Estos cambios se sumaron a las transformaciones, seguramente muy anteriores, del aparato vocal que permite la articulación del habla tal como hoy la conocemos. 
Podemos suponer que las mutaciones en estos homínidos arcaicos afectaron las funciones, la forma y el tamaño de la corteza cerebral, pero además ocasionaron cambios en los sistemas sensoriales que les dificultaron su adaptación al medio, como podrían ser: una disminución en la receptividad olfativa y, probablemente, modificaciones en la capacidad de localizar las fuentes de los sonidos, así como alteraciones de las respectivas memorias olfativas y auditivas. 
Sus circuitos neuronales serían insuficientes, y las reacciones estereotipadas ante los retos acostumbrados dejarían de funcionar bien. Y a todo esto, seguramente podríamos agregar el hecho de que grandes cambios climáticos y migraciones forzadas los enfrentaron a crecientes dificultades.


El primigenio Homo sapiens dejó de reconocer una parte de las señales procedentes de su entorno. Ante un medio extraño, aquel hombre sufre, porque tiene dificultades para reconocer los caminos, los objetos o los lugares. Sobrelleva esa condición de ser el “especialista en no-especialización”, de la que Konrad Lorenz habló. 
Y para sobrevivir debe utilizar nuevos recursos que se hallan en su cerebro; se ve obligado a marcar o señalar los objetos, los espacios, las encrucijadas y los instrumentos rudimentarios que usa. 
Estas marcas o señales son voces, colores o figuras, verdaderos suplementos artificiales o prótesis semánticas que le permiten completar las tareas mentales que tanto se le dificultan. 
Así, va creando un sistema simbólico externo de sustitución de los circuitos cerebrales atrofiados o ausentes, aprovechando las nuevas capacidades adquiridas durante el proceso de encefalización y braquicefalia que lo ha separado de sus congéneres neandertales. En definitiva, surge un exocerebro que garantiza una gran capacidad de adaptación.

La diferencia entre señales y símbolos es importante para enfrentar el problema de las conexiones del cerebro con el exocerebro. Los circuitos neuronales funcionan mediante señales químicas y eléctricas, mientras que el lenguaje es un sistema simbólico. Hasta donde se sabe, el cerebro no funciona mediante símbolos, al menos no de una manera directa ni mediante procesos de representación: para operar con símbolos el sistema nervioso necesita conectarse con el entorno cultural para que ciertos conglomerados de señales adopten una forma simbólica. Pero no se sabe aún cómo opera esta transformación. Por su parte, en los sistemas culturales sí hay operaciones con señales que se transforman en representaciones simbólicas.  Algunas transformaciones simbólicas de los circuitos culturales tienen, por decirlo así, un carácter cerebral, sin que sean operaciones que transcurren en el interior del cráneo. Ocurren en las redes que comunican unos cerebros con otros, a unos individuos con otros. Por supuesto, el habla es esencial en este proceso. 

Antonio Damasio, se preguntó por el disparador que pudo impulsar las formas complejas de comportamiento social. Damasio supone que las estrategias sociales y culturales evolucionaron como una manera de enfrentar el sufrimiento en individuos dotados de notables capacidades memorativas y predictivas. La clave de su interpretación radica en que este sufrimiento es algo más que el dolor que siente el individuo como una señal somatosensorial, provocada por una herida, un golpe o una quemadura. Al dolor sigue un estado emocional que se experimenta como sufrimiento. El dolor es una palanca para el despliegue adecuado de impulsos e instinto, explica Damasio. De la misma manera el organismo despliega los dispositivos emocionales del sufrimiento para impulsar medios que lo evitan o lo amortiguan. Algo similar ocurre con el placer, una sensación que genera estados emocionales adicionales.

Habría que dar un paso más: buscar las posibles consecuencias neuronales del sufrimiento en condiciones para las cuales el individuo no encuentra los medios orgánicos para evadirlo. A fin de cuentas el sufrimiento es el resultado de una carencia, una ausencia, una privación. En estas condiciones el organismo siente la necesidad de sustituir los recursos que le faltan: no sólo agrega un estado emocional propicio, sino que además acude a los mecanismos simbólicos y cognitivos que residen en su cerebro como pechinas y enjutas alojadas sobre los arcos de su arquitectura neuronal. Esto puede implicar desde luego el uso de armas y herramientas, pero sobre todo la asignación de voces a los objetos y a las mismas emociones o a las personas, la aplicación de signos en los caminos o las fuentes de recursos, la ejecución de ritmos y movimientos rituales para simbolizar la identidad y la cohesión de los grupos familiares o tribales, y el uso de técnicas de clasificación como memorias artificiales. Se ha dicho que los seres humanos individuales poseen una capacidad biológicamente heredada para vivir culturalmente. Yo más bien creo que adolecen de una incapacidad genéticamente heredada para vivir naturalmente, biológicamente. Esto nos lleva a la búsqueda de circuitos neuronales que se caracterizan por su carácter incompleto y que requieren de un suplemento extrasomático.


viernes, 22 de marzo de 2013

¿SE ESTÁ PREDISPUESTO GENÉTICAMENTE A SER RELIGIOSO?


¿Es la religión un fenómeno enteramente cultural? Esa parece ser la idea prevalente, tanto entre científicos como entre personas ajenas a la ciencia. Y es intuitivamente natural que se piense de esa manera, es decir que el creer en Dios o abrazar tal o cuál tradición religiosa son decisiones totalmente libres y producto de profundas consideraciones. Reflexiones que son favorecidas por una "buena" educación y formación moral. 

Sin embargo, este no es el único mecanismo cultural que se propone. Alternativamente al libre albedrío hay teorías que plantean que la religión sobrevive gracias a mecanismos de condicionamiento inconscientes, e incluso que se trata de ideas que tal como los genes se "replican" y propagan con gran éxito (la memética), pasando fácilmente de una generación a otra. 
En cualquier caso las teorías culturalistas son las explicaciones favorecidas y choca la sugerencia que puedan existir factores biológicos que predispongan en mayor o menor grado a ser religioso. Las Ciencia Cognitiva de la Religión (CCR), enfoque multidisciplinario que se ha dado a la tarea de integrar los datos de la neurociencia, genética y biología evolutiva, es por lo tanto muy controvertida toda vez que propone desde varios ángulos una verdadera "Biología de la Religión", apareciendo a los ojos de muchos como sospechosa de querer infiltrar (tal como ha sucedido con el "Diseño Inteligente") ideologías disfrazadas como ciencia.

Para los no religiosos (ateos/agnósticos/seculares) la sugerencia puede en apariencia implicar que la humanidad está mayoritariamente "condenada" a depender de la religión. En cambio, para los creyentes la CCR puede ser vista como una forma sutil de intentar minar la fe en tanto que sugiere que la creencia en lo sobrenatural es un producto ilusorio de mecanismos cognitivos que fueron diseñados para otros propósitos. La realidad es que ninguno de quienes investigan la religión con el marco propuesto por la CCR han mostrado interés en convertir a nadie a la creencia o descreencia religiosa. 

Las particularidades de la religion (ser Cristiano, Musulmán o Budista) son evidentemente productos de la cultura (del exocerebro). Sin embargo, la respuesta a la pregunta planteada en el título de este tema es definitivamente en el sentido afirmativo: existe una predisposición biológica a ser más o menos religioso. Y es que no hay nada en fisiología o psicología en lo que la genética no tenga nada que "decir". Eso es evidente hoy en día, y la religiosidad no tendría porqué ser la excepción. 

Un avance clave en la comprensión de la evolución humana fue la idea que las presiones evolutivas que moldearon la cognición humana pudieron haber sido sociales en lugar de ecológicas (Emery 2000). Esta idea proviene de Chance y Mead (1953), Jolly (1966), Humphrey (1976; 1983), Alexander (1989), y Brothers (1990), quienes han sugerido que el hecho de vivir en grandes grupos complejos, con gran competencia de recursos y por la pareja tanto dentro del mismo grupo como con otros grupos externos, seleccionaron por un "cerebro social", funcionalmente diseñado por la evolución para solucionar problemas sociales.


Según estos autores el desarrollo del Cerebro Social esta mediado en parte por el mecanismo conocido como Impronta Genómico, definido como genes impresos, es decir, que tienen uno de los dos alelos silenciados y que funcionalmente son haploides. Se estima que aproximadamente un 1% de los genes están sujetos a este mecanismo.

Así, el llamado Cerebro Social, tendría entre sus determinismos una serie de genes impresos, paternos o maternos. El cerebro "extremamente masculino" tendería al autismo (hipoactividad del sistema detector de agencia, cerebro sobredesarrollado), mientras que el cerebro "extremadamente femenino" tendería a la psicosis (hiperactividad del sistema detector de agencia, cerebro subdesarrollado).


Se supone igualmente que en los individuos normales, si los genes maternos son predominantemente silenciados, se tendería a la conducta asocial, si en cambio son especialmente silenciados los genes paternos aumentaría la capacidad para las cogniciones y habilidades sociales (que implica una mayor cohesión social). 

Las teorías evolutivas recientes sugieren que la religión no es en sí una adaptación, sino un subproducto de otras adaptaciones psicológicas, el mecanismo de detección de la agencia" o "sesgo animista".


Podríamos estar evolutivamente diseñados para inferir intenciones detrás de los fenómenos naturales, puesto que la consecuencia de sobreinferir erróneamete la intencionalidad - mostrarse paranóico de fenómenos perfectamente naturales [ej. un ruido inesperado en el bosque]- es menos costoso en terminos evolutivos que la consecuencia de erróneamente subinferir intenciones - y ser muerto por los depredadores y enemigos cuando menos lo esperas. Por lo tanto podríamos haber sido diseñados para ser paranoides porque potencialmente esto salva nuestras vidas, y podríamos ser religiosos porque somos paranoides y vemos la "mano de Dios" detrás de fenómenos perfectamente naturales.

Si este punto de vista es correcto, entonces la teoría de Crespi y Badcock sugiere que los esquizofrénicos, quienes son hipermentalísticos y más paranoides, pueden estar más predispuestos a ser religiosos y a ver la mano de Dios detrás de los fenómenos naturales, al igual que algunos (McNamara 2001; Miller & Kanazawa 2007, p. 206, n13) sugieren que los autistas serían menos religiosos debido a su hipomentalismo (ausencia de Teoría de la Mente). 

La experiencia clínica con pacientes esquizofrénicos y psicóticos confirma completamente lo anterior. El psicótico está más preocupado por cuestiones religiosas, y aunque ciertamente existen unos cuantos psicóticos que no creen en Dios, en general se trata individuos que encuentran significados "ocultos" (sobrenaturales) en situaciones que para los demás son irrelevantes. 

Un último dato de interés que cita Kanazawa, como evidencia de la influencia de los factores genéticos sobre la religiosidad, es que prácticamente en todo el mundo las mujeres tienden a ser más religiosas que los hombres.



Si la religión tiene que ver con mentalizar en exceso [ToM / hiperdetección de agencia] los fenómenos naturales, y el cerebro femenino tiende más hacia la mentalización, entonces las mujeres serían naturalmente más religiosas.
Aunque se conocen algunos pocos de estos genes "impresos" (silenciados) y su influencia sobre la patología cerebral (cromosoma 15-q11 y sindromes de Prader-Willi / Angelman), falta aún por identificar los genes concretos -maternos y paternos- que determinan el grado en que se desarrollen los supuestos módulos cerebrales pro-sociales (y por lo tanto pro-religiosos). Es interesante el dato que el sindrome de Prader-Willi (gen silenciado: 15-q11 paterno) sesga el desarrollo cerebral hacia la psicosis (hipermentalismo/cerebro femenino extremo) mientras que el sindrome de Angelman (gen silenciado: 15-q11 materno) predispone al autismo (hipomentalismo/cerebro masculino extremo).

"Si bien no existe el "gen de Dios", sí que parecen existir unos pocos genes que predisponen a la religiosidad y al supernaturalismo".


Publicado por Luis González Pope, fuente http://humanismonaturalistacientifico.blogspot.com.es 

lunes, 11 de febrero de 2013

Entrevista al Doctor Rosler. Neurobiología de la afectividad.


El  Dr. Roberto Rosler es Neurocirujano y Docente de Neuroanatomía, Neurofisiología y Filosofía e Historia de la Medicina de la Facultad de Medicina de la Universidad Interamericana de Buenos Aires. 

Con el paso de los años, Rosler empezó a preguntarse si todos los males de sus pacientes podían explicarse a partir de la interacción entre neuronas y moléculas. "La neurofisiología que se enseña en la Facultad de Medicina es ortodoxa, sigue la separación entre el alma y el cuerpo iniciada por Descartes", afirma Rosler. "Como los afectos no se pueden medir, muchas veces los médicos desatendemos ese campo. A veces un paciente dice que se siente mal, pero si todos sus análisis de laboratorio arrojan resultados normales, nosotros le decimos que está bien."Sospechando que quizá había una manera de tender un puente entre lo que Descartes había separado, Rosler inició sus primeras lecturas en torno a la neurobiología de la afectividad, un área de estudio relativamente nueva, que "analiza los circuitos del sistema nervioso que ayudan a explicar emociones como la agresividad, la tristeza y el miedo".


Empezó entonces a considerar muchos padecimientos desde una nueva óptica. "Vivimos en la modernidad, pero nuestro cerebro sigue siendo del paleolítico", afirma. "Algunos síntomas que consideramos patológicos, en realidad no son más que reacciones sanas."


-¿Las neurociencias están reñidas con el psicoanálisis?

-No, de ninguna manera. Las neurociencias de la afectividad muestran que Freud tenía razón y que el inconsciente de verdad existe.

-¿A qué se refiere cuando afirma que el inconsciente existe? ¿Han encontrado el lugar donde se aloja en el cerebro?

-Topografiar el inconsciente es complicado, pero existen trabajos que demuestran su existencia. Hay una enfermedad que se llama negligencia, en la cual el paciente tiene una parálisis de un lado del cuerpo, pero aun así niega que está paralizado. Lo mismo ocurre con ciertos casos de ceguera en los que el paciente niega rotundamente su condición. Conscientemente, ambos pacientes creen que lo que dicen es verdad, pero en trabajos realizados por equipos multidisciplinarios se ha demostrado que el inconsciente de estos pacientes conoce su verdadera condición. Hay otro trabajo en el que a un paciente ciego se le muestran distintas caras, unas sonrientes y otras tristes. Es asombroso, pero ellos saben con exactitud cuándo se trata de una u otra. Además de nuestra visión consciente, tenemos una visión inconsciente, en paralelo, que también procesa información.

-Como si el nervio óptico llegara hasta el inconsciente...

-El nervio óptico tiene una terminal en la corteza moderna del cerebro, que es la parte consciente, pero tiene otra terminal en el complejo amigdalino, que es la corteza reptiliana, la que nos queda de una etapa evolutiva anterior. Esa vía procesa, sobre todo, gestos emocionales. Cuando una persona no nos cae bien, y no sabemos por qué, muchas veces lo que sucede es que hemos percibido algo de un modo no consciente.

-Todo esto parece decir que la psicología y la neurología tienen un área de estudio en común.

-Siempre ha habido el temor de que las neurociencias se abalanzaran sobre la psicología, pero para poder avanzar en el conocimiento se necesita que neurocientíficos, psicólogos y filósofos trabajen juntos.

-¿Las neurociencias de la afectividad pueden explicar todos los aspectos de nuestras emociones?

-No. Nuestros afectos son un cóctel, una mezcla de lo biológico con factores psicológicos, históricos y sociales. Uno viene con un programa genético, con un perfil afectivo que marca ciertas tendencias, pero ese programa está abierto a los estímulos que recibimos. La neurobiología de la afectividad muestra que muchas emociones que a veces consideramos patológicas, en el fondo, son normales. Sucede con el miedo y la tristeza. Hoy en día, a muchas personas que dicen que están tristes las diagnostican como deprimidas y les dan antidepresivos. En esta sociedad estar triste es estar enfermo, pero en la mayoría de los casos es normal ponerse triste. Está realmente enfermo quien nunca se pone triste.

-¿Y el miedo?

-Tener miedo es normal. Pasa como con la tristeza: si tenemos el circuito del miedo en nuestro sistema nervioso es porque a lo largo de milenios, al protegernos de daños corporales, eso aumentó nuestra posibilidad de supervivencia. Sorprendentemente, en el DSM-IV, el catálogo comúnmente aceptado de todas las enfermedades psiquiátricas, se describen muchas enfermedades entre cuyos síntomas está el miedo, ¡pero no se habla de ninguna enfermedad por no tener miedo! El miedo a las alturas, por ejemplo, y hasta el estrés, en realidad son mecanismos sanos de supervivencia.

-¿Está diciendo que el estrés es síntoma de buena salud?

-Los medios dicen que el estrés nos está matando y los libros de fisiología dicen que el estrés aumenta la supervivencia del hombre. Ambos tienen razón. Nuestro cerebro está brillantemente adaptado al paleolítico, una época en la que no había contadores, índices de inflación, políticos, ni suegras. El estrés era provocado por algún felino que nos quería devorar. Al cabo de unos minutos, el felino nos comía o nos subíamos a un árbol, y todo terminaba. Vivimos de esa manera durante un millón trescientos noventa y tres mil años. Hace sólo siete mil años que nos transformamos en sedentarios, pero fue sólo después de la II Guerra Mundial cuando nuestras sociedades se trastornaron a una velocidad nunca observada.

-¿Podría dar ejemplos de esas respuestas sanas que hoy se convierten en patológicas?

-Hoy se diagnostica a muchos chicos con síndrome de atención disminuida, pero ¿acaso es normal que un niño de cinco años tenga que quedarse ocho horas sentado prestando atención a la maestra? Neurobiológicamente, nuestro sistema nervioso central termina de madurar recién a los doce o trece años. Otras enfermedades, como el colon irritable, muchas veces ocurren porque vivimos constantemente estresados. En la década del 70, la mayoría de los infartados tenía más de 60 años; ahora no es raro ver a infartados de 30.

-¿Qué otras características de las sociedades contemporáneas representan un reto para ese cerebro paleolítico?

-La rapidez de los cambios. La incertidumbre constante. Antes uno empezaba a trabajar en un lugar y sabía que se jubilaría ahí. Ahora nunca se sabe dónde va a terminar. Hay un trabajo que se hizo con una chimpancé embarazada que a mí me parece que refleja el modelo del argentino. La chimpancé no sabía cuándo iba a comer, un día comía a mediodía, otro en cuanto se despertaba, otro recién a la caída del sol. La incertidumbre generaba un inmenso nivel de estrés. Pero no sólo eso: la cría de esa madre tuvo por el resto de su vida una respuesta al estrés diez veces superior a la de otras crías. Eso demuestra que el estrés impacta también en nuestra descendencia. La buena noticia es que también se demostró que la respuesta al estrés podía disminuir si la cría era cuidada por una madre tranquila, protectora y cariñosa.

-¿Qué tienen para decir las neurociencias acerca de la diferencia entre mujeres y hombres?

-La neurociencia de la afectividad es un argumento poderosísimo contra el machismo. El cerebro femenino es mucho más inteligente que el masculino y tiene muchas ventajas desde el punto de vista cognitivo. Las mujeres pueden procesar el lenguaje con ambos hemisferios cerebrales. Además, tienen conexiones más fuertes entre ambos hemisferios lo cual hace que el paso de la información de uno a otro sea más rápido y eficaz. Por otra parte, la mujer siempre ha tenido funciones más importantes que el hombre en la reproducción y en el aporte alimentario. Muchos científicos se preguntan por qué prosperó la reproducción sexuada, si en el fondo representamos un doble costo para ustedes.

-Si lo que dice es cierto, ¿por qué por lo general son los hombres los que detentan el poder?

-Porque somos más fuertes muscularmente, no porque seamos más inteligentes. Y por miedo. Uno siempre tiene miedo a quien es más inteligente. En el sistema nervioso, el circuito de miedo potencia el de la agresividad, y el de la agresividad potencia el del miedo. Siempre le digo a mis residentes que si se encuentran con una persona inexplicablemente agresiva con ellos es señal de que esa persona les tiene miedo. Si los hombres no tuviéramos miedo de las mujeres no tendríamos que ser machistas y les daríamos igualdad de oportunidades.

-¿Todas estas cosas que aprendió cambiaron en algo su manera de estar en el mundo?

-Sí. Especialmente con respecto a la Argentina. Hay que comprender que cuando una persona está en un estado de pobreza grande, cuando desde la infancia no ha tenido ninguna educación, cuando ha sido abusada y maltratada, la agresividad es una respuesta ineludible. La represión y la cárcel no son la solución. Estoy convencido de que lo único que se puede hacer para disminuir la agresividad es disminuir la pobreza y aumentar la educación.

-¿Hacia dónde cree que va la especie?

-Soy muy pesimista. Hay dos grandes tipos de organismos vivos: los especialistas y los generalistas. La cucaracha y el ratón son generalistas, porque pueden vivir en cualquier parte y bajo un abanico inmenso de condiciones. Nosotros, en cambio, somos especialistas. Eso significa que si hay un cambio brutal en el medio ambiente, lo más probable es que no sobrevivamos. El problema es que con nuestra cultura nos hicimos generalistas: podemos volar, hacer submarinismo, vivir en los polos y en los desiertos. Todo eso ha hecho que nos creamos invencibles. Confiamos tanto en nuestra cultura que creemos que somos generalistas, pero si nuestro medio ambiente cambia nos va a pasar como a los dinosaurios.


Por Mori Ponsowy.


miércoles, 30 de enero de 2013

Inteligencia y lenguaje

El gato cazará siempre como gato, y su brevísimo período de aprendizaje, de tres o cuatro técnicas básicas, le impedirá intentar sobrevivir mediante la recolección de raíces ante la ausencia de presas. Los grupos sociales de los primates, en cambio, con sus intercambios "culturales" de información, permiten al mono o al Hombre imitar los descubrimientos y habilidades útiles de los demás para alcanzar un mayor control del entorno y multiplicar consecuentemente las posibilidades de supervivencia. Es obvio que los más capacitados en el aprovechamiento de este tipo de comunicaciones tendrán más chances de transmitir su don a la descendencia. 
Darwin opinaba que los animales también tienen inteligencia, siendo la diferencia entre la inteligencia de estos y la de los humanos una cuestión de grado, pero no de esencia. 
En rigor, esto no es así. Los animales no tienen inteligencia, pues no son capaces de elaborar conceptos. Lo que sí tienen es conocimiento sensorial. De modo que, con facultades tales como la imaginación, la memoria y otras, propias de la cognición sensitiva, son capaces de elaborar “perceptos”; es decir, tienen percepciones que les permiten hacerse con una visión adecuada de su entorno, posibilitándoles la supervivencia; sin olvidar por ello la importancia que tiene la herencia genética en los animales en todo aquello que es relativo a la adaptación al medio. El conocimiento intelectual, la elaboración de conceptos abstractos y universales, es algo exclusivo de los humanos. Un animal puede percibir dos piezas de carne, pero sólo un humano sabe lo que es el número dos, la dualidad. La percepción se obtiene a través de una serie de módulos, independientes entre sí e innatos. La cognición, en cambio, se produce en un sistema central que realiza las operaciones mentales que comúnmente denominamos pensamiento. 

La inteligencia es esencialmente astucia, esa especie de versatilidad capaz de resolver problemas nuevos. También se dice que la capacidad de prever eventos es otro aspecto esencial. Otros agregarán a la lista el concepto de creatividad. 

Horace Barlow, de la Universidad de Cambridge define la inteligencia como: “la capacidad de hacer suposiciones que descubren un orden subyacente y nuevo para el individuo". La definición de Barlow encuadra perfectamente la inteligencia humana: la solución a un problema o encontrar la lógica de un argumento, encontrar la analogía correcta, crear una armonía o suponer lo que sucederá a continuación. De hecho, la inteligencia en el sentido humano (que es el único en que podemos considerarla o siquiera concebirla) consiste principalmente en un permanente prevenir los hechos futuros, tanto en las situaciones críticas de la supervivencia como en el quehacer diario. Incluso este proceso es constante e inconsciente: aunque no nos demos cuenta de ello, nuestra inteligencia está intentando adivinar lo que vendrá después aún cuando leemos, escuchando música o cuando alguien nos dirige la palabra. Ningún otro organismo de la Tierra funciona de esta manera ni es capaz de predecir el futuro. 

No debemos confundir inteligencia con otros mecanismos más primitivos, que coexisten dentro de nosotros siendo perfectamente no-inteligentes, estos son los que nos permiten reconocer a una persona que ya hemos visto, o atarnos los cordones de los zapatos. Mamíferos, aves y reptiles también son capaces de efectuar tareas como éstas, y aún mucho más complicadas (pensemos en la construcción del nido de un pájaro, un hormiguero o una colmena de avispas) y, sin embargo no cuentan con nada que se asemeje, ni de lejos, a la lógica o al pensamiento abstracto. 

Si entendemos por inteligencia la capacidad de sacar conclusiones nuevas, entonces la inteligencia debería residir en la corteza cerebral. Calvin explica que "si extendiéramos sobre un plano nuestra corteza cerebral, ocuparía la superficie de cuatro hojas de papel. La de un chimpancé se extendería por una sola hoja, la de un pequeño mono en la superficie de una tarjeta postal, y la de una rata sería como una estampilla". 



Sin embargo, es fácil comprender que la inteligencia no depende solamente de la cantidad de corteza. Ni los monos ni las ratas tienen lenguaje, que es una de las funciones más elevadas del cerebro. Si nuestra inteligencia es una simple mejora de aquella que poseen los roedores o los cuadrumanos, es difícil comprender: por qué la Naturaleza dio un salto cuántico de tal magnitud (inédito en la evolución hasta entonces) para sacar de una especie que vivía en los árboles, otra que es capaz de escribir las tragedias de Shakespeare, bailar como Vaslav Nijinsky o descubrir la Radiación de Hawking y el Principio de Exclusión de Pauli. ¡Y todo ello en un tiempo cien veces inferior al que les tomó a los reptiles para convertirse en simples musarañas! 

Las teorías más modernas afirman que el disparador de la formidable evolución de la inteligencia humana consistió en los grandes y radicales cambios climáticos que nuestro planeta sufrió recientemente (hablando en términos geológicos). Los enfriamientos abruptos seguramente devastaron los ecosistemas de los que dependían nuestros ancestros. Por causa de las bajas temperaturas y las sequías, las selvas del África se secaron y las poblaciones animales comenzaron a colapsar. Los incendios quemaron los bosques produciendo una especie de roza natural. Cuando los pastos reemplazaron a los bosques quemados, los herbívoros se multiplicaron. Nuestro ancestro homínido se quedó sin los árboles que le daban fruta. Vivía ahora en un mundo de pasto y ganado salvaje. Y sus únicas alternativas eran: aprender a comer pasto, aprender a comer herbívoros que a su vez comían pasto, o extinguirse tranquila y calladamente. El problema era que los herbívoros son fuertes y rápidos, y están siempre alerta con respecto a los depredadores. El hombre se dio cuenta de que una rata o un conejo eran tan difíciles de atrapar como una cebra o un ciervo, y sin embargo un conejo tiene menos carne que un ciervo, así es que resultaba más rentable cazar grandes herbívoros, pero la única manera de cazarlos era trabajar en equipos perfectamente entrenados y expertos. Y para ello se necesitaba, como primera medida, un lenguaje. 




Las teorías más aceptadas acerca de la capacidad humana para el lenguaje, como la de Noam Chomsky, establecen que el cerebro humano tiene un circuito innato y especializado para la sintaxis. Ningún otro animal posee un mecanismo, ni remotamente parecido, y éste representa uno de los más grandes —si no el mayor— de los abismos que la evolución debió saltar en poco tiempo para convertirnos de simples grandes monos en humanos. Se puede agregar que el lenguaje es, acaso, el único síntoma inequívoco e indiscutible de inteligencia.

El avance fue tan rápido y explosivo que la naturaleza tuvo que inventar en el cerebro humano una nueva área del lenguaje articulado —el Área de Broca— que no es la que los monos utilizan para articular sus vocalizaciones. (Para poder hablar se necesitan las dos áreas, la de Broca y la de Wernicke, y que no haya alteraciones en la conexión entre ambas. Esta conexión se hace a través de un haz de fibras llamado: fascículo arqueado. Las dos áreas, junto con la zona del Giro Angular, también están implicadas en la lectura y la comprensión de la palabra hablada. Cuando oímos una palabra llega a la corteza auditiva y de ahí pasa al área de Wernicke donde se realiza la comprensión de la palabra). Calvin y Bickerton afirman: "En la mayoría de nosotros, el área crítica para el lenguaje está ubicada justo encima de nuestro oído izquierdo. Los monos carecen de esta área del lenguaje lateral: sus vocalizaciones (así como las exclamaciones emocionales en el hombre) utilizan un área más primitiva ubicada junto al cuerpo calloso". 


Al contrario de lo que pudiese pensarse, la inteligencia no desarrolló el lenguaje, sino que ésta es una consecuencia del desarrollo del lenguaje sintáctico. La falta de lenguaje significa un importante obstáculo para la formación del pensamiento abstracto, la categorización y el planeamiento a futuro. La imaginación en el sentido figurado es, también, una consecuencia del lenguaje sintáctico e imposible sin él. Nuestros antepasados se convirtieron en humanos cuando reemplazaron el repertorio simbólico de los monos para convertirlo en un lenguaje sintáctico. Los chimpancés tienen 36 tipos de vocalizaciones, cada una con su significado. Pueden repetir dos veces un sonido para reforzar su significado, pero no pueden agregar otro para modificarlo. Nosotros también tenemos tres docenas de vocalizaciones —que llamamos fonemas— pero las encadenamos para formar conceptos. Enlazamos sonidos sin significado para construir palabras que tienen un sentido. Los fonemas no llevan mensaje alguno: sólo las palabras comunican contenidos. Por lo tanto, cabría esperar una secuencia vocalización ->palabra protegida por las leyes de la evolución 

La evolución, según Calvin, "a menudo sigue rutas alternativas en vez de 'progresar' a través de adaptaciones". La pasión instintiva del ser humano por pasar de lo simple a lo complejo, que ha determinado, por ejemplo la secuencia: [individuo -> clan familiar ->ciudad-estado -> reino independiente -> imperio centralizado], se evidencia también en [nota -> melodía -> armonía compleja], o en [fonema -> palabra -> frase -> texto complejo], o en [paso -> secuencia rítmica -> danza -> coreografía]. La capacidad de encadenar elementos simples para obtener resultados complejos es la raíz y origen, como se ha visto, del lenguaje, y asimismo de la matemática, la física, la lógica, la filosofía, la literatura, la música y, en fin, de casi todas las más elevadas manifestaciones de la mente humana, esto es, los fenómenos que emergen como resultados de nuestra inteligencia. 
El cerebro humano desarrolló primero soluciones a los problemas concretos, y sólo después de ello llegó al pensamiento abstracto. De la misma manera que los gritos del mono no evolucionaron hacia la palabra, sino que ésta es un invento totalmente nuevo e independiente, así tampoco la inteligencia operativa se transformó por evolución en pensamiento lógico-matemático o abstracto. Los circuitos y las áreas cerebrales que usamos para movernos o alimentarnos no tienen nada que ver con las que nos permiten resolver cálculos, por ejemplo. Al igual que en el tema lingüístico, los monos poseen aquellos pero ni siquiera muestran vestigios embrionarios de éstos. Es por ello que puede postularse que la inteligencia (caracterizada por la capacidad de abstracción) no desciende de la inteligencia "motriz" o de supervivencia de los demás primates, sino que es un desarrollo nuevo de la naturaleza. 

Es obvio que la capacidad abstracta de la inteligencia está también interrelacionada con el lenguaje, porque difícilmente una especie no hablante pueda concebir una entidad abstracta como el tiempo o la justicia si no está capacitada para definirla mediante la palabra. 

Es posible que la mayor parte de la inteligencia se deba, paradójicamente, a una multitud de procesos evolutivos darwinistas que se caracterizan por ser no inteligentes. Se ha demostrado que la mayor parte de nuestra inteligencia se basa en procedimientos rutinarios o de simple obediencia a reglas elementales. Pero, a la vez, procesos mucho más elevados tienen lugar todo el tiempo. Expectativas acerca de lo que sucederá después, previsión de posibles problemas, evaluación de conceptos y comparaciones, definición de entidades abstractas, conceptos que se anidan en otros conceptos y, por sobre todo, la estrella indiscutida de la evolución sobre el planeta: el lenguaje. 

La metáfora, la armonía, las frases incrustadas, la creatividad, todas ellas son consecuencias de la más elevada forma de inteligencia, y son generadas en áreas del cerebro que ninguna otra especie desarrolló jamás. El impresionante salto cuántico dado por la naturaleza entre el cerebro de nuestro más avanzado primo simiesco y el nuestro propio no puede ser mensurado, definido ni explicado por medio de simplezas. La inteligencia y el desarrollo del lenguaje siguieron caminos paralelos e interrelacionados, a tal punto que no se cree posible, hoy en día, que el uno pudiese haber llegado a existir sin el concurso del otro. 

La capacidad lingüística humana no es una simple mejora de los circuitos no sintácticos del chimpancé, es un circuito paralelo, creado independientemente por los procesos evolutivos lingüísticos-mentales, que trabajan coordinadamente superpuestos con los simiescos (que en el hombre, como ya explicamos, controlan las exclamaciones e interjecciones. 


Calvin señala que la capacidad sintáctica puede haber derivado, más bien, de la evolución de los circuitos de reconocimiento fisonómico o de jerarquías sociales más bien que de los de vocalizaciones, porque de otro modo las exclamaciones habrían sido suprimidas al ser reemplazadas por un lenguaje verbal. Sin embargo, no hemos perdido las interjecciones, ayes ni exclamaciones, sino que caminan por circuitos diferentes que las palabras habladas. 



Fuentes:
*Carlos A. Marmelada. Ampliación del artículo El origen de la inteligencia humana, según Arsuaga
*Marcelo Dos Santos. La evolución de la inteligencia.
*Banco de imágenes INTEF.