La vida de los átomos
Una noche de invierno estaba solo en mi cuarto leyendo. No se oía en la casa ni un ruido ni un
murmullo; sólo dos relojes, el uno en mi despacho, el otro desde el pasillo, rompían con su tictac el
silencio de la noche.
El más pequeño, el de mi cuarto, introducía entre el tictac habitual de un reloj respetable otros
dos golpes intermedios y parecía decir: «Vámonos ya… Vámonos ya.»
El grande, el del pasillo, despreciando estas fantasías impropias de un reloj serio que se estima,
murmuraba por lo bajo: «Bien va… Bien va…»
